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martes, 4 de agosto de 2015

El chico con el que me acuesto tiene una novia pelirroja.

La tiene desde hace tiempo, no es algo nuevo. Cuando le conocí no tardó en hablarme de ella. Cuando me agregó a sus contactos y me escribió por primera vez, en vez de una cara morena y con barba me asaltó un rostro pecoso, enmarcado en un precioso y lacio pelo naranja. Si hubiera sido castaña ni siquiera me habría llamado la atención, pero ahí estaba ella: mirándome con unos ojos de un color indescriptible desde una esquina de la pantalla mientras su novio me preguntaba si nos íbamos a ver en la Oasis.

Después de dos o tres cervezas, él me cogió de la cintura y me besó delante de mis amigos y de todos los fans de Standstill que allí había. Me pregunté qué sentido tenía estar pensando en ella si él no lo estaba haciendo. Le devolví el beso. Y después me separé de él sonriendo y mirándole a los ojos, que para nada eran tan bonitos como los de ella. Mientras yo pedía en la barra, su nariz jugaba con mi cuello y mi pelo y mi mano izquierda se introdujo en el bolsillo de sus vaqueros. Salimos de ahí dando tumbos, dos horas después, y tras buscar sin éxito alguna habitación de hotel, acabamos follando en un portal, intentando no hacer ruido. Después, él se fumó un porro y los dos nos reímos, también muy bajito, y volvimos a la Oasis a buscar mi chaqueta. Él se fue a casa, yo me quedé con mis amigos. Al día siguiente regresé a Madrid y de camino nos escribimos un par de mensajes cordiales, prometiéndonos volver a vernos en el próximo concierto que mereciera la pena.

La siguiente vez que fui a Zaragoza ni siquiera dormí en casa de Celia. Por la noche, me encontré con él en el Casco y ambos fingimos sorpresa, como si no supiésemos de sobra dónde buscarnos. Me fui sin despedirme de Celia y el resto del fin de semana lo pasamos en su casa follando. Esa casa desprendía femineidad desde que ponías un pie en ella y te asaltaba el olor a ambientador o a flores secas o a quién sabe qué fragancia. Por la mañana, mientras desayunábamos mirando los libros del salón le dije que era una casa muy bonita y él dijo que todo era gracias a Irene que tenía muy buen gusto y que a él lo que más le gustaba era el balcón y las plantas.

sábado, 4 de abril de 2015

La terraza.

Eran más de las doce del mediodía. Ella salió de la cama un poco antes que él. 

La noche anterior había hecho calor y cambiaron el sofá por unas cervezas y varias copas en un kiosko cercano a la casa de ella. Era 24 de abril, los bares cerraban más tarde y las terrazas volvían a tener sentido y ocupación. Con el estómago vacío, dos copas fueron suficientes para ella, que bebía y fumaba entre risas; tres para él, que intentaba apartar a los mosquitos que comenzaban a atacarle. 
El viernes era festivo. Los niños corrían entre las sillas de la terraza pasadas las doce de la noche y los padres, despreocupados, combinaban el gintonic y la chaqueta de punto. Nadie reparó en ellos, sentados en la mesa menos iluminada y en como los pies de ella, libres ya de las primeras sandalias, se apoyaban sobre las piernas de él y dejaban a la altura de sus ojos unas rodillas blancas y lisas, a excepción de una pequeña cicatriz en la izquierda. De vez en cuando sus piernas se estiraban y los pies le hacían cosquillas debajo de la camiseta blanca y dejaban a la vista, debajo de su falda, unas braguitas azul oscuro.
Cuando regresaron a su casa, la de ella, se persiguieron corriendo por las aceras ya vacías y se encontraban en portales ajenos para besarse apoyados contra la pared. Al entrar en su portal, los pies pasaron a ser manos debajo de la camiseta, ahora de ella, y los besos se convirtieron en mordiscos, y los dedos jugaban con elásticos azul oscuro y botones y cremalleras que se abrían al cruzar la puerta de casa.

Eran las doce y media cuando ella salió de la ducha. 

Encendió la radio de la cocina y cerró la puerta para no despertarle. Rodeada de platos sucios, tarareaba en voz baja una canción en inglés que había oído mil veces en el coche de él y que no le gustaba pero a la que se había acostumbrado, como al otro lado de la cama cuando perdía la guerra por el lado que ambos querían y al pan blanco en las comidas y a tener siempre dos cervezas en la nevera. Mientras la comida, para dos, crepitaba en el fuego, recogió los restos del día anterior y fregó los platos. Cuando terminó, un brazo le rodeó por la cintura antes de que pudiera darse la vuelta, otra mano le alcanzó un trapo y una boca le susurró al oído "qué bien huele" para después darle un beso en la boca y llevarla por los aires de vuelta la cama, todavía deshecha.

Era la una y veinte cuando ellos volvieron a la cama.

lunes, 16 de marzo de 2015

La sirena.



Deja que te diga, nena, 
que lo nuestro no es equitativo, 
todas las noches que estoy contigo
tú eres quien come, yo soy comido. 


Despertó en una cama desconocida en la más profunda oscuridad. Alguien no ajeno a ella se levantó de su lado y sin palpar los muebles abrió la hoja de la ventana. Ella siguió haciéndose la dormida mientras el sol quemaba ahora cada centímetro de su piel y luchaba por traspasar sus párpados. El hombre, silencioso, se puso unos pantalones y cogiendo la sábana del suelo cubrió el cuerpo desnudo de ella, que seguía boca abajo, fingidamente dormida. 

Alguien llamó a la puerta y ella hizo un esfuerzo por no sobresaltarse y verse obligada a salir de aquella cama. Él la abrió y murmuró un leve "no hagas ruido, tú". Alguien entró en la habitación, y al recoger aquello que venía a buscar, aprovechó para situarse al lado de ella e intentar verle la cara. Ella abrió los ojos por un segundo, deseando fusionarse con las sábanas y desaparecer para siempre de esa cama y de esa habitación con demasiada luz, pero no consiguió reconocer a la figura que, de pie, la miraba con interés. La mano del segundo desconocido tocó la sábana que la cubría. "Eh, déjala", dijo el otro. "Parece una sirena", murmuró. "Sí, Ariel, no te jode. Vete, hostia". 

Ella decidió revolverse entre las sábanas y en su movimiento, poniéndose de lado, se tapó la cara con el antebrazo, como si el sol realmente la molestase o como si en sueños hubiese adquirido una renovada vergüenza. Se preguntó cuántas horas podría permanecer quieta, en la misma postura, si se lo proponía. No tenía ninguna prisa por salir de esa cama porque no le apasionaba la idea de enfrentarse a la realidad y de mirar de frente esos ojos que anoche solo miraba desde arriba.

El hombre se encendió un cigarro junto a la ventana entreabierta y desde fuera de la habitación llegaban los sonidos de la vida doméstica, de platos y cubiertos que chocaban, puertas que se habían y cerraban y electrodomésticos que convivían con la cotidianidad de los habitantes de aquella casa. "A ver qué hago yo ahora con esta" murmuró él. Y ella se encogió de hombros con fingido deje onírico.

lunes, 23 de febrero de 2015

Mis sábanas moradas tenían manchas que parecían constelaciones.

Mis sábanas moradas tenían manchas que parecían constelaciones.


Me gustaban esas manchas que no salían en la lavadora, me recordaban las noches que pasé acompañada, y esos finos puntitos blancos distaban mucho de la horrible mancha amorfa que suele dejar el descuido, tal vez porque si algo caracterizaba esa vía láctea es que era fruto del más absoluto interés en su proceso, de una entrega total, de un desvivir por crear esa galaxia sobre mis sábanas o sobre mi vientre.

El jueves por la tarde hacía sol y aire. Tendí las sábanas balcón abajo, saltándome la normativa municipal, el sentido común y la ley no escrita de no dejarlas tendidas toda la noche. Me quedé dormida en el sofá, viendo cómo el viento las agitaba y cómo se movían mis sábanas siendo casi un maremoto de olas moradas.

El sábado por la tarde seguía haciendo aire pero ya no hacía sol y la sobrexcitación de la espera me recordó la existencia de mis sábanas, tendidas, frías y secas. Cuando salí al balcón, la sábanas ya no estaban. Tampoco en la calle ni en el portal, ni quedaba un solo rastro de ellas y de las constelaciones que albergaban.

jueves, 5 de febrero de 2015

El término.

Hoy me he levantado y no tenía ganas de salir de la cama. Durante unos segundos, he confiado en que me volvería a dormir y que las horas pasarían ahí fuera sin esfuerzo, sin que me diese cuenta. Poco después he recordado que tenía que tomarme el antibiótico y recoger la ropa tendida si no se la había llevado el cierzo. Así que he salido de la cama y me he puesto calcetines gordos y he contemplado como mi salón, antes nuestro, era el reino del caos y el desorden. 

He recordado, además, que además este es el último día de las vacaciones que me obligaron a tomar y que todos mi planes se reducen a estar en casa, a recoger, a preparar el mañana, a esperar ese viernes con sabor a lunes y a desear, una vez más, no tener, no querer salir de casa.

Me duele la cabeza. Creo que es por las pastillas nuevas, que me sientan mal, que hacen que mi sangre circule más despacio y que sonría constantemente y no llore tan a menudo. Las cosas parecen más ligeras, más sencillas ahora. Los pasos en el piso de arriba no suenan tan fuertes y cuando duermo no tengo pesadillas: solo sueños extraños, parodias de lo que ha pasado, con escenarios nevados o playas desiertas o habitaciones con papel de flores en las paredes.

No sé si estoy tomando antidepresivos o la pastilla del cliché. Mi cabeza vive en una comedia romántica pero nadie sonríe cuando llego a casa, me quito los tacones, dejo el bolso en el suelo y me meto desnuda en la cama.

Las cortinas se mueven aunque las ventanas estén cerradas. Se oye silbar el aire y siento pena de los que están ahí fuera, sujetando con fuerza los papeles y apartándose el pelo de la cara. Mañana seré una de ellos, una más entre la gente que luche contra el cierzo y, después de mi cita médica de los viernes, despeinada, entraré en la oficina y les daré los buenos días a todos, sonriendo, pletórica, como si no llevase meses fuera, como si tú no te hubieras ido para no volver hace ya tres meses y once días, en una bonita y soleada mañana de septiembre, ladera abajo, hasta hacerte mil pedazos contra el suelo.


[Esta entrada concluye una serie, un relato que comencé hace tiempo. En su conjunto todavía no tiene título. Habla de las pérdidas, porque en este blog no sabemos hablar más que de perder, pero no deja de ser bonito. Recordad que es ficción. Que lo que me pasase de verdad no lo escribiría aquí. Lo pondría en twitter.]

- julia

jueves, 11 de diciembre de 2014

El comienzo.

Nunca nos dijimos ni una sola mentira. Cuando la conocí no le hablé de Marta, ni ella me preguntó si vivía con mis padres o compartía piso. Tampoco yo quise saber quién era el hombre que la abrazaba en la fotografía que tenía pegada en la parte interior de la puerta del armario. Ella jamás me llamó por teléfono, puede que ni siquiera tuviera mi número, pero tampoco me decía que no las veces que conseguía localizarla y quería verla. Marta pasaba muchas noches en casa de sus padres, sobre todo cuando su padre se puso enfermo y su madre dejó de poder atenderle. Esas noches, en torno a las ocho, yo telefoneaba a Diana y le preguntaba si podía ir a verla. Conforme se acercaba el final de la semana, ella contestaba cada vez menos al teléfono pero formaba parte de esa ley no escrita el no preguntarle dónde o con quién había estado la noche anterior. Las veces que, borracho, olvidaba telefonearla y rondaba su casa de madrugada, solía ver una figura, a veces dos, a veces más, a través de las cortinas del salón, pero ninguna hacía ademán de levantarse cuando llamaba insistentemente al timbre. Tampoco ella contestaba al teléfono cuando yo estaba en su casa y poco a poco descubrí en ella esa costumbre de correr las cortinas cuando alguien entraba en casa, fuera verano o invierno, ganando solo un ápice de intimidad con esos velos translúcidos. Nunca íbamos al cine, ni de viaje, ni haciamos planes para vernos fuera de las paredes de aquel apartamento. Solo a veces, un poco borrachos, hambrientos después del sexo, nos deslizábamos hasta un bar de su calle donde a ella parecían conocerla y yo no recibía la más mínima atención. Otras veces, las menos, ella me recibía envuelta en un delantal y con el pelo recogido, con la mesa puesta y comida un tanto extraña en los platos. A veces percibía un deje en su habla que me decía que había nacido lejos de esa ciudad, quién sabe si en otro país, pero nunca me habló de ello, ni de dónde estaba su familia, si es que tenía, ni cuánto hacía que vivía en aquella casa que parecía tan deshabitada como el primer día la última vez que estuve ahí, casi cuatro años después de nuestro primer encuentro. Nuestras conversaciones siempre giraban en torno a algo que ella había escuchado o leído y parecía requerir mi opinión sobre el tema como si confiase ciegamente en ella, como si esperarse ser instruida o guiada, pero tiempo después, repasando palabra por palabra todas las conversaciones que recordaba, me di cuenta de que ella tan solo buscaba una confirmación, un aval de aquellas tesis que ya había planteado, de los juicios que de sobra había hecho, y que las concesiones que me hacía en esos pueriles debates de cama no eran más que un ejercicio de modestia que ella me regalaba, igual que me encendía los cigarros como si yo fuera un niño chico o un adolescente que se fuera a quemar con las cerillas.
El tiempo parecía no pasar para ella. Su pelo castaño me pareció siempre igual de largo y con el mismo corte y puedo afirmar que durante aquellos años no engordó un gramo, ni cambiaron de forma sus caderas, ni pareció variar un milímetro la forma de la línea que se pintaba en los párpados.
Nunca me dijo a qué se dedicaba. Dentro del dormitorio había una puerta, similar a la de una despensa o un vestidor, eternamente cerrada. Justo al lado de la puerta, en la pared, una mesa abatible. Una de las primeras noches que pasé en su casa, confundí esa puerta con la de un cuarto de baño que no parecía propio del viejo apartamento. A tientas busqué la luz y al encenderla contemplé montones de libros y papeles, viejos la mayoría de ellos, rigurosamente ordenados. Ella regresó al dormitorio y me encontró absorto contemplando ese orden perfecto que llenaba las paredes de ese pequeño cuarto, no más grande que un ascensor. «Trabajo», me dijo, y eso fue todo lo que se habló del tema.

martes, 2 de diciembre de 2014

El camino transolvido.

Ya no son tus brazos los que me protegen de la lluvia sino que es tu piel tersa atravesada por mil varillas metálicas. Ya no me oculto bajo las sábanas junto a ti si puedo protegerme bajo tu piel tersa impermeable. No huelo tu pelo antes de ir a dormir porque con él llené las fundas de mis almohadones y ahora duermo realmente entre las nubes de tu pelo. Y sí, es mejor así. Con tus camisetas viejas de algodón bueno limpio la encimera después de hacer el café y con las nuevas froto los cristales cuando tengo invitados y quito el polvo de mi mesilla de noche cuando alguno de ellos se va a quedar a dormir. Descubrí que la mejor forma de calentar mi casa es quemar las cartas y los libros y ya nadie se pregunta qué fue de ti si ya imaginan que he reutilizado tu herencia y lo que quedó de tu presencia cuando decidiste irte...

viernes, 17 de octubre de 2014

Las fotos.

A veces miraba las fotos viejas, hechas todavía con una cámara analógica, las fotos de dos carretes enteros que reveló ella cuando todo había acabado.

Las hicieron con una cámara muy grande, prestada, y en casi ninguna aparecían juntos. Las que hizo ella salieron en su mayoría borrosas o desenfocadas, a contraluz o muy oscuras. Las que hizo él, con ella desprevenida, casi todo primeros planos, resultaban absurdas por tener ella un ojo más grande que otro y un par de mechones de pelo que siempre cruzaban su cara. Aun así, había un par aprovechables y cuatro o cinco que incluso eran bonitas y en las que salían guapos como dos bebés de cuatro meses o como dos gatitos en adopción. 

En una de las fotos, su favorita, aparecía él con los ojos entornados y la cabeza girada. No recordaba haberla hecho pero el edificio que él tenía detrás era sin duda el Palacio de Cristal, que encontraron cerrado cuando paseaban por el parque y empezó a llover. Ella se mojó los pies, de eso sí se acordaba, y de que cuando volvieron al hotel hicieron el amor en el balcón, mojándose, despreocupados y que al día siguiente el pelo les olía a lluvia pero no les importó porque fuera seguía lloviendo y ellos querían seguir jugando por Madrid.

Hicieron muchas fotos en la azotea del Círculo de Bellas Artes. El cielo estaba gris, a punto de estallar, y ellos hacían tiempo hasta que llegara la hora de volver a casa. Con la chaqueta abrochada y el pelo por la cara, ella fruncía el ceño mientras él le apuntaba con la cámara. 

jueves, 25 de septiembre de 2014

La mudanza.

Tengo las maletas hechas, los edredones en bolsas y un montón de cajas llenas de libros al lado de la puerta. Las paredes son ahora blancas y las postales y las láminas están listas para viajar. La despensa vacía y la nevera desenchufada, los platos envueltos en plástico de burbujas sobre la mesa verde de la cocina junto a los trapos limpios y los vasos apilados.


Todo está listo para que me vaya, las patas del somier plegadas y el colchón apoyado contra la pared. Solo tengo que quitarme el pijama, meterlo en la bolsa y esperar a que llegue el camión pero el único vestido que está fuera de la maleta tiene un tirante roto y no sé en qué caja están las agujas y el hilo. 



Hace ya dos semanas que empecé esta eterna mudanza. Vendí la tele y las dos camas pequeñas, tiré la ropa vieja e hice una lista de libros y los guardé en diferentes cajas según su autor. La ropa de invierno ya estaba guardada en cajas y conforme pasaban los días la casa se iba quedando vacía y yo cada vez era más consciente de que no ibas a volver, de que si me iba de esta casa se iba a perder mi rastro por si algún día querías encontrarme y que, entonces, ya no sabrías dónde buscarme, si es que alguna vez querías hacerlo. Quité las cortinas y mi nombre del buzón e hice todas las llamadas para que dieran de baja los contratos a mi nombre.



Ahora, estoy a punto de apagar las luces y cerrar la puerta con dos vueltas. Dejaré los dos juegos de llaves dentro del buzón y mañana, si te decidieses a volver a buscarme, solo encontrarías persianas bajadas y puertas cerradas, como en un día de lluvia cualquiera.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Yo he visto ocurrir milagros

Yo he visto ocurrir milagros. 

He visto como la gente volvía a sus viejas casas y cómo las cartas devueltas con su destinatario desconocido garabateado detrás llegaban a los buzones. 

Vi cómo las luces se encendían de pronto e iluminaban tu cara dormida sobre mi almohada y cómo te revolvías esperando impaciente que volvieran a apagarse.

El milagro de tu mano sobre la mía en una butaca de cine.

Observé cómo llegaba el invierno y cómo tú hacías un hueco en tu bolsillo para mi mano.

Vi el milagro de tu vuelta, de tu lo siento, de tu adiós una vez más. 

Contemplé impasible cómo callabas durante horas y, negando la evidencia, me decías adiós para siempre. 

No pensé que vería nunca el milagro de los libros saliendo de mi casa y llegué incluso a ver su vuelta y ahora las torres de libros desbordan las estanterías y el buzón de tu antigua casa rebosa cartas y postales...

viernes, 22 de agosto de 2014

Crónica de la retirada.

B me pide que escriba un poco cada día nuestra historia de fracasos y que poco a poco la vaya haciendo mía, solo mía, y así toque fondo y, desde el fondo, me impulse a la superficie y pueda nadar hasta la orilla. La caja de zapatos donde guardo esas cartas que nunca te envío no es tan grande como la que guarda los restos que dejaste en esta casa: el cepillo de dientes, tu camiseta, la primera parte de El Quijote. Pero a veces la caja desborda y aflora el recuerdo de tus rizos negros sobre la almohada y la tripa clara y los besos que sabían a enfermad y un sinfín de cosas más.

Este septiembre no volverán las cosas que siempre volvían con el otoño. El frío llegará con las manos en los bolsillos y no habrá guantes que las resguarden del frío. Tristemente, las hojas de los árboles caducos caerán y las de la agenda pasarán intactas, sin escribir en ellas "20h, banco de siempre". La salida de yoga quedará en el olvido junto a Delicias y sus fiestas, y pasarán las horas bajo las sábanas sin pies, ni manos frías, ni espaldas mojadas, ni labios secos, ni hígados enfermos.

Los fantasmas sí volarán lejos y dejarán de dar miedo lejos de la Selva Negra que era tu cabello. Los edificios viejos ya no guardarán secretos en sus baños de la última planta y la ausencia de respuestas, con el otoño, dejará de causar rabia, tristeza, angustia...

viernes, 14 de marzo de 2014

Agua.

Me ahogo. No consigo nadar, me ahogo. Me quedo quieta y noto cómo me hundo. No veo nada pero tengo los ojos abiertos. Me escuecen, me arden.

Llego al fondo. Mis pies rozan la arena y las piedras. Pinchan, me arañan, dolor, asco. Hay algo en el fondo. No son algas, nada vivo: plásticos, cuerdas, asco. No son algas. Esto no es el mar. 

Abro la busca, busco aire y solo hay agua. No es salada ni dulce. Ácida. Un poco ácida. Sabe a hierro, a vinagre, me quema. Cuando la tragas sí es dulce en la garganta. Asco, arcadas. Tomo impulso. Muevo los brazos, las piernas instintivamente. Estiro el cuello y creo ver algo de luz. El agua es oscura. Gris, marrón, no sé, oscura. 

Algo me golpea el pie. Sangre, agua granate. Duele como si una aguja muy larga me atravesase todo el pie. Dolor ácido. Vuelvo a tragar agua. Agua ácida, dulce. La basura se mueve a mi alrededor. Plástico, hojas secas, piedras. Me tocan. Trago agua buscando aire.

Me despierto.

Bebo agua sin salir de la cama. Agua insípida ahora, transparente. Las sábanas son rojas y están secas. Me quito la camiseta, las bragas. Me voy a la ducha y el agua, limpia, me empapa. 

Aguanto la respiración.

jueves, 6 de febrero de 2014

La metáfora del tiempo.

Te recuerdo muchas veces con tu camisa azul. Hoy mismo la he imaginado debajo de un abrigo beige que no era el tuyo, claro. Una larga sombra me ha adelantado por la calle y después, el hombre que la proyectaba. Era sin duda tu imagen en vida. Al menos de espaldas, con el pelo revuelto y una bolsa marrón de cuero ya vieja en la mano derecha. Con la otra mano, usaba el teléfono. Por eso he sabido que no eras tú. No porque haga casi un año que no estás, sino porque eres diestro. 

Qué gran problema cuando dos diestros se cogen de la mano. Uno queda inútil, manco. El otro rara vez elige solidarizarse y esconderse en el bolsillo. 

El hombre que me ha adelantado por la calle olía bien. El viento se ha levantado y nos ha revuelto el pelo y por un momento ha sido la imagen más bonita que he visto jamás. Durante apenas dos segundos, los mismos que cuando al despertar todavía no recuerdas nada y estás en un limbo de sueño y felicidad, he pensado que eras tú y que tu camisa azul estaría arrugada y con el cuello sin planchar. Justo después, he pensado qué podría hacerte de cena esta noche y antes de darme cuenta he salido de mi letargo y he recordado que ya no estás y que no hay cena para dos, ni manos derechas inútiles. 

Por un momento te he sentido aquí, he pensado que te acercarías y me besarías, me desearías feliz aniversario y me cogerías de la mano. Pero no, no eras tú. Tú ya no estás.

domingo, 2 de febrero de 2014

De mi soporte de cartas o los adioses.

Hoy ha muerto mi soporte de cartas.

La verdad es que llevaba forzándolo demasiado tiempo, rebosaba postales, y al final hoy ha explotado.

Un poco como todos.

Ahí guardaba todas las postales que me envían (y que no están en las paredes). También las compradas, las regaladas y las robadas. Las que eran para mí y postales en blanco. Algunas cartas manuscritas, una mecanografiada. Postales que encontré en mi buzón, otras que pasaron por debajo de la puerta, algunas que encontré en el fondo de un bolso por sorpresa.

Postales que venían en sobre y con remite, otras que venían sin, algunas con sellos del extranjero, un par repetidas. De obras de arte, de ciudades costeras, montajes con gatitos, fotos de peluches, panorámicas de quién sabe qué playa o qué montaña, ciudades de noche, ciudades de día. Postales de cumpleaños y de navidad, pequeñas, grandes, escritas o en blanco, maltrechas, cuidadas, en blanco y negro, a todo color, en relieve.

Postales de París.

Postales con animales.

Postales de Magritte.

Postales de publicidad.

Postales escritas en italiano.

Postales de Madrid.

Postales anónimas.

Postales que desearía no volver a encontrar.

Postales que leería cada noche.

Postales esperadas.

Desesperadas.

Postales que compré

escribí

sellé

y nunca envié.

Postales que vivieron en mi pared

y de ahí pasaron a un cajón

y del cajón a una caja de difícil acceso olvidada en la despensa.

Hoy ha muerto mi soporte de postales y no sé si me alegra o me entristece más.
En parte, porque son recuerdos de vosotros. En parte, porque algunos ya no me recordáis a mí.
Porque todas las postales dicen "hola"
pero ninguna se atreve a decir "adiós".


miércoles, 22 de enero de 2014

Rayas.

Consideré suficiente, cuando te perdí, retirar de mi vista todo lo que hubiese sido tuyo. También lo que compramos juntos, pero dejando las cosas que compraste para mí, los regalos que nos hicieron a los dos y, bien escondido, alguno de tus pijamas, la corbata granate que te compré a juego con mi vestido de apliques brillantes, el jersey gris. 

La psicóloga me dijo que no era suficiente: era necesario que «purgase» completamente mi entorno de tus recuerdos, si es que quería seguir en esta casa, otro gran error.

Al principio hice caso omiso. Pero poco a poco, pasado el shock inicial, descuidada ya de la atención que me brindaban cuando ocurrió, empecé a verte en todas partes.

Le pedí a mi hermana que, en mi ausencia, vaciase el rincón del armario que todavía te pertenecía. Desconozco qué hizo con todo eso y supongo que todavía no es el momento de preguntármelo. Le supliqué, también, que haciendo un alarde de imaginación se llevase todo lo que creía que podía recordarme a ti. 

Los dos sabemos que no es muy empática, pero tenía buena intención cuando se llevó todas las velas que tenía por casa: no sé en qué momento le contaría que tú fuiste el primero, el único que encendió una vela para mí en una noche romántica y supongo que adivinó que yo seguía haciéndolo por ti todas las noches. 

También cambió la orientación de la cama y puso un jarrón con flores de tela en el aparador. Quitó el polvo y hasta puso pilas nuevas a la radio. Hacía años que no me quedaba dormida escuchándola: me deshice de esa costumbre la primera vez que te quedaste a dormir y nunca hasta ahora había sentido la necesidad de retomarla. 

Fue más que suficiente, excesivo incluso. Y mi nueva casa dentro de la nuestra pareció acogerme amistosamente cuando esa noche me metí en nuestra reorientada cama. La ventana, entreabierta, sacudía las cortinas y la luz de las farolas entraba por los huecos que quedan entre las lamas de la persiana, proyectando rayas de luz y sombra sobre mis sábanas, la pared del armario, la puerta y el albornoz que colgaba detrás.

Rayas. 

El único juego de sábanas que trajiste cuando nos mudamos juntos, el único que tenías, era de rayas.

De rayas finas en tonos oscuros. Grises, azules, marrones, no lo recuerdo. Ni siquiera llegamos a usar esas sábanas: eran pequeñas para nuestra cama de 150cm. Las guardamos en el trastero, pensando en quién sabe qué oportunidad de utilizarlas. 

Solo conseguí conciliar el sueño en el sofá, varias horas después a pesar de haber bajado del todo las persianas. Tapada, eso sí, con una manta lisa.

jueves, 2 de enero de 2014

Del primer horóscopo del año.

Libra: nunca es un mal momento para sorprender a alguien visitando un sitio nuevo.

«Suenas como un horóscopo y sabes a café bueno», me dice. Claro que sí, desde luego que sí. Soy tu primer horóscopo de 2014, tu primera profecía y espero que tu primer plan.

Visitemos un sitio nuevo, nuevo para los dos. Celebremos otro aniversario ficticio en un mes cualquiera. Con bufandas y guantes y cremalleras cerradas. Vámonos a Biarritz, estoy harta de ver en fotos esa playa tan azul. Vamos. Metamos los pies en el agua con los calcetines en la mano y los pantalones remangados. Hazme una foto sonriendo y con los ojos entrecerrados y el pelo revuelto y las mejillas rojas. Vamos al acuario a mediodía y a ver la ciudad de noche y a volver borrachos al hotel más barato y dormir hasta tarde para no tener resaca y volver al acuario a comer un bocadillo entre peces y medusas y caballitos de mar y tiburones. 
Una noche te dejaré ir al Casino y que me invites a una copa de al menos 15€ y, con lo que ganes, me comprarás una pulsera que no me quitaré mientras vivamos. 



lunes, 16 de diciembre de 2013

Los posos del café



El otro día se rompió la última taza del juego de porcelana fina que compramos cuando te mudaste aquí. Fue un accidente. Simplemente se escurrió de mis manos mientras fregaba y chocó contra el suelo, estallando en mil pedazos a mis pies. Lo último que albergó fue té blanco «el té de los emperadores», me decías siempre. No dejé que aquel estropicio retrasase mi tarea. Seguí fregando sin mover un ápice los pies, como después de un gran salto a pies juntos, luchando por mantener un equilibrio roto en ese mismo instante. Acabé de fregar, colgué los guantes en el caño, limpié la encimera, me sequé las manos y miré hacia abajo. Dejé de respirar. El asa de la tacita estaba intacto, de una sola pieza, de pie: como un puente que une dos orillas sobre un riachuelo. Su cuerpo sin vida se reducía a escombros.
Me vino a la cabeza el recuerdo de tus padres, de tu hermano, de tus sobrinos. Volvió a mí el miedo que sentimos cuando atropellaron a Juan, el cachondeo cuando Ernesto se quedó calvo, tu nula capacidad para doblar calcetines y, por último, tú. 

Carlos escuchó un sollozo y desde el comedor me preguntó si todo estaba bien. «¿Ana? ¿Ana? ¿Necesitas ayuda?» Cuando recibió otro sollozo por respuesta, le oí plegar las hojas del periódico sin ningún cuidado: qué poco os parecéis en eso.

Me encontró inmóvil, con la mirada baja y la cabeza inclinada, casi entre mis brazos, que se apoyaban en la encimera. Sin mediar palabra, tiré al suelo el platito que completaba el juego, tragué saliva y me limpié las lágrimas con el dorso de la mano. Fingidamente recompuesta, salí de la cocina mientras Carlos cogía la escoba y el recogedor.

El suelo de la cocina crujió al pisarlo durante más de una eterna semana que pasé yendo y viniendo del cementerio.

Carlos se puso celoso de un muerto y me dejó al cabo de quince días. Yo no he vuelto a beber té y supongo que lo mejor sería mudarme.


Me darán la respuesta los posos del café, a partir de ahora.

domingo, 17 de noviembre de 2013

El no dormir cuando el otro sí lo hace

Empiezo a distinguir las cosas que se escriben para gustarme
o para enamorarme
de las que se escriben para herirme
o golpearme.
Distingo además lo que haces cuando me piensas bien
de lo que haces cuando me piensas mal.
Cuando me crees buena y virtuosa
y cuando me crees mala e insuficiente.
Y un poco tonta, tal vez.
Cuando tus mentiras no se descubren
y cuando sí.
Si piensas en mí
o piensas en otra
o en otras
o, digamos, en las demás.
Las que sí son hábiles
y buenas
y a las que buscas de madrugada
cuando ellas no te buscan
o te buscan en silencio.

Poco a poco irán tomando forma humana esos sentimientos,
esa búsqueda
pero a la vez se harán humanos los miedos
y las mentiras
y las verdades
y el no dormir cuando el otro sí lo hace.
Pero no distingo todavía entre la
verdad
y la mentira.
Entre lo que es
y lo que parece.
O, peor, lo que parece en mi cabeza.

Y como no distingo todavía entre esa verdad
y la verdad,
elijo 
(pues eso sí lo conozco bien)
tu mentira
pero solo si no conozco nunca la verdad.
Tal vez
lo grave, en realidad, no es que me mientas.
Lo grave es que yo lo sepa.
Y tú no te des cuenta.
Y entonces sí estallaría la Tercera Guerra Mundial.
Con palos y piedras y sangre
y ni rastro de nosotros.

martes, 15 de octubre de 2013

La biblioteca

«Joder, qué alta. Más que alta: infinita. Puedes juntar mis piernas en una sola y esa única pierna mía, poco funcional, sí, seguirá siendo más corta que cualquiera de las suyas. Finas, ligeras, curvilíneas, infinitas.» Piensa ella desde una esquina poco accesible de la biblioteca, rodeada de gramáticas y manuales. El objeto de su envidia se levanta de la mesa y atraviesa toda la sala casi flotando, sin apenas tocar el suelo, como si la gravedad no actuase sobre un cuerpo tan flaco. «Joder, y el pelo. Mira qué pelo.» Las puntas de su cabello golpean su espalda a cada paso que da, como si las ondas naranjas tuviesen vida propia y quisiesen romper con la monotonía de la biblioteca. «Si el mundo fuese justo, ahora esta tía se tropezaría y se dejaría los dientes en ello». Y, como por arte de magia (oscura) un pequeño traspiés que hace que más de la mitad de los espectadores contengan la respiración durante esos tres o cuatro segundos en los que parece que se va a caer y se va a partir en dos contra el suelo. Pero, en el último instante, un saltito grácil libera su tobillo de la correa de la mochila de un chico que avergonzado le pide disculpas y en un susurro le ofrece un café, proclamándose campeón mundial de la biblioteca.

lunes, 16 de septiembre de 2013

París.

La madrugada en la que aterrizaron en París hacía un frío horrible y no tenían dónde dormir, así que se acurrucaron en un banco de Beauvais y dormitaron hasta que se hizo de día. Caminaron desde la estación de autobuses hasta la residencia de estudiantes, relativamente cercana, donde iban a alojarse provisionalmente, cargados con bolsas y mochilas. Él, con la capucha de la sudadera puesta y guantes negros. Ella, con un gorro de color beige y las manos en los bolsillos cuando la carga lo permitía. 

Su primer día en París fue tan gris que no salieron de la cama. Durmieron todo el día y ni siquiera intercambiaron una palabra.

Al día siguiente, cuando él todavía dormía, ella acudió a una agencia de trabajo temporal que en ese momento sí tenía trabajo para una enfermera recién graduada con un nivel de francés fluido. 

Su segundo, tercer, cuarto, quinto y sexto día en París los pasó cuidando ancianos en un centro de día. 

Cuando volvía a la residencia, cansada, congelada, desangelada, le esperaba un sandwich de jamón york y queso, con mucha mantequilla, o sopa de sobre el mejor de los días.

Al séptimo día no descansó, sino que ocupó su día libre en visitar los pisos que él había buscado sin gran esfuerzo desde la habitación de la residencia.
El casero del primero tenía un aire a Gepetto, el padre de Pinocho, y les esperaba en la puerta de un edificio que parecía que se iba a caer en cualquier momento a las 9 de la mañana de un jueves extrañamente soleado de noviembre. Subieron los cinco pisos a pie. Él empezó a jadear en el tercer piso. Ella no lo hizo hasta el cuarto.
Un portón de madera les miraba desde el rincón más oscuro del rellano y cuando se abrió dejó ver un papel de pared de flores rosas que le encantó a ella, no tanto a él. Entrando, a la izquierda, estaba el cuarto de baño. Tenía una enorme bañera debajo de la ventana y el marco del espejo y las puertas de los armarios hacían juego como si se tratase de un baño pintado por Van Gogh. A la derecha aguardaba una cocina-comedor dividida por una barra junto a la que había dos taburetes: los únicos muebles que vestían aquella habitación. Al fondo, un balcón no muy amplio pero que al abrirse dejaba entrar tanta luz que iluminó las motas de polvo que flotaban en el aire. Del comedor surgía una escalera de madera que llevaba al segundo piso, compuesto únicamente por una habitación abuhardillada iluminada por un tragaluz. El somier, de matrimonio, no tenía patas, pues la escasa altura de la habitación no lo permitía. Al otro lado de la habitación, donde la altura del techo era mayor, había una estantería blanca, muy profunda, emulando a un armario sin puertas y en la moldura superior de ésta rezaba 


«tout grand changement 
commence avec un grand effort».

Entonces ella, completamente ajena a él, absorta en sus pensamientos, buscaba la parte más figurativa de esa frase. ¿Cuál de todos los que había hecho sería ese «gran esfuerzo»? ¿Dejar atrás todo lo que tenía en Madrid: sus amigos, su familia, su novio de toda la vida? ¿Rechazar la plaza que había obtenido, no sin gran esfuerzo, por fin, para comenzar Medicina? ¿Abandonar todas sus cosas en un trastero ajeno? ¿Cambiar su vida cuasiperfecta en Madrid por esa ciudad nueva, que escondía tantas cosas que probablemente ella no sería capaz de encontrar?
No dejó de pensar en esa frase hasta que estuvieron en la calle y él le dijo lo más importante sobre aquel piso, algo a lo que ella no había prestado atención hasta entonces: el precio.

Entonces comprendió que ese gran esfuerzo no era todo lo que había dejado atrás: era conseguir los 750€ que pedían por el piso más bonito que había visto jamás, más la fianza y las posteriores facturas, arreglos, comprar un sofá, estanterías, una mesa, varias sillas, una cafetera, platos, tazas, vasos, ollas y cazuelas, sartenes, un microondas y varias alfombras que vistiesen esa casa llegado diciembre.

En el siguiente piso que vieron la cama también estaba a ras de suelo, pero no tenía somier: ni con patas ni sin ellas. Estaba en el mismo comedor, pegada a un radiador y debajo de la ventana. La cocina, diminuta, tenía microondas y la ducha del cuarto de baño, aunque sucia, prometía dar cobijo a dos personas. Incluso había un felpudo en la entrada. El precio, muy inferior, podría ajustarse a su presupuesto pasando por alguna negociación poco lícita con un casero de aspecto mucho menos amable. 

«Con un colchón nos basta...» tarareó él mientras firmaban el contrato.