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martes, 15 de octubre de 2013
La biblioteca
«Joder, qué alta. Más que alta: infinita. Puedes juntar mis piernas en una sola y esa única pierna mía, poco funcional, sí, seguirá siendo más corta que cualquiera de las suyas. Finas, ligeras, curvilíneas, infinitas.» Piensa ella desde una esquina poco accesible de la biblioteca, rodeada de gramáticas y manuales. El objeto de su envidia se levanta de la mesa y atraviesa toda la sala casi flotando, sin apenas tocar el suelo, como si la gravedad no actuase sobre un cuerpo tan flaco. «Joder, y el pelo. Mira qué pelo.» Las puntas de su cabello golpean su espalda a cada paso que da, como si las ondas naranjas tuviesen vida propia y quisiesen romper con la monotonía de la biblioteca. «Si el mundo fuese justo, ahora esta tía se tropezaría y se dejaría los dientes en ello». Y, como por arte de magia (oscura) un pequeño traspiés que hace que más de la mitad de los espectadores contengan la respiración durante esos tres o cuatro segundos en los que parece que se va a caer y se va a partir en dos contra el suelo. Pero, en el último instante, un saltito grácil libera su tobillo de la correa de la mochila de un chico que avergonzado le pide disculpas y en un susurro le ofrece un café, proclamándose campeón mundial de la biblioteca.
lunes, 16 de septiembre de 2013
París.
La madrugada en la que aterrizaron en París hacía un frío horrible y no tenían dónde dormir, así que se acurrucaron en un banco de Beauvais y dormitaron hasta que se hizo de día. Caminaron desde la estación de autobuses hasta la residencia de estudiantes, relativamente cercana, donde iban a alojarse provisionalmente, cargados con bolsas y mochilas. Él, con la capucha de la sudadera puesta y guantes negros. Ella, con un gorro de color beige y las manos en los bolsillos cuando la carga lo permitía.
Su primer día en París fue tan gris que no salieron de la cama. Durmieron todo el día y ni siquiera intercambiaron una palabra.
Al día siguiente, cuando él todavía dormía, ella acudió a una agencia de trabajo temporal que en ese momento sí tenía trabajo para una enfermera recién graduada con un nivel de francés fluido.
Su segundo, tercer, cuarto, quinto y sexto día en París los pasó cuidando ancianos en un centro de día.
Cuando volvía a la residencia, cansada, congelada, desangelada, le esperaba un sandwich de jamón york y queso, con mucha mantequilla, o sopa de sobre el mejor de los días.
Al séptimo día no descansó, sino que ocupó su día libre en visitar los pisos que él había buscado sin gran esfuerzo desde la habitación de la residencia.
El casero del primero tenía un aire a Gepetto, el padre de Pinocho, y les esperaba en la puerta de un edificio que parecía que se iba a caer en cualquier momento a las 9 de la mañana de un jueves extrañamente soleado de noviembre. Subieron los cinco pisos a pie. Él empezó a jadear en el tercer piso. Ella no lo hizo hasta el cuarto.
Un portón de madera les miraba desde el rincón más oscuro del rellano y cuando se abrió dejó ver un papel de pared de flores rosas que le encantó a ella, no tanto a él. Entrando, a la izquierda, estaba el cuarto de baño. Tenía una enorme bañera debajo de la ventana y el marco del espejo y las puertas de los armarios hacían juego como si se tratase de un baño pintado por Van Gogh. A la derecha aguardaba una cocina-comedor dividida por una barra junto a la que había dos taburetes: los únicos muebles que vestían aquella habitación. Al fondo, un balcón no muy amplio pero que al abrirse dejaba entrar tanta luz que iluminó las motas de polvo que flotaban en el aire. Del comedor surgía una escalera de madera que llevaba al segundo piso, compuesto únicamente por una habitación abuhardillada iluminada por un tragaluz. El somier, de matrimonio, no tenía patas, pues la escasa altura de la habitación no lo permitía. Al otro lado de la habitación, donde la altura del techo era mayor, había una estantería blanca, muy profunda, emulando a un armario sin puertas y en la moldura superior de ésta rezaba
Entonces ella, completamente ajena a él, absorta en sus pensamientos, buscaba la parte más figurativa de esa frase. ¿Cuál de todos los que había hecho sería ese «gran esfuerzo»? ¿Dejar atrás todo lo que tenía en Madrid: sus amigos, su familia, su novio de toda la vida? ¿Rechazar la plaza que había obtenido, no sin gran esfuerzo, por fin, para comenzar Medicina? ¿Abandonar todas sus cosas en un trastero ajeno? ¿Cambiar su vida cuasiperfecta en Madrid por esa ciudad nueva, que escondía tantas cosas que probablemente ella no sería capaz de encontrar?
No dejó de pensar en esa frase hasta que estuvieron en la calle y él le dijo lo más importante sobre aquel piso, algo a lo que ella no había prestado atención hasta entonces: el precio.
Entonces comprendió que ese gran esfuerzo no era todo lo que había dejado atrás: era conseguir los 750€ que pedían por el piso más bonito que había visto jamás, más la fianza y las posteriores facturas, arreglos, comprar un sofá, estanterías, una mesa, varias sillas, una cafetera, platos, tazas, vasos, ollas y cazuelas, sartenes, un microondas y varias alfombras que vistiesen esa casa llegado diciembre.
En el siguiente piso que vieron la cama también estaba a ras de suelo, pero no tenía somier: ni con patas ni sin ellas. Estaba en el mismo comedor, pegada a un radiador y debajo de la ventana. La cocina, diminuta, tenía microondas y la ducha del cuarto de baño, aunque sucia, prometía dar cobijo a dos personas. Incluso había un felpudo en la entrada. El precio, muy inferior, podría ajustarse a su presupuesto pasando por alguna negociación poco lícita con un casero de aspecto mucho menos amable.
«Con un colchón nos basta...» tarareó él mientras firmaban el contrato.
Su primer día en París fue tan gris que no salieron de la cama. Durmieron todo el día y ni siquiera intercambiaron una palabra.
Al día siguiente, cuando él todavía dormía, ella acudió a una agencia de trabajo temporal que en ese momento sí tenía trabajo para una enfermera recién graduada con un nivel de francés fluido.
Su segundo, tercer, cuarto, quinto y sexto día en París los pasó cuidando ancianos en un centro de día.
Cuando volvía a la residencia, cansada, congelada, desangelada, le esperaba un sandwich de jamón york y queso, con mucha mantequilla, o sopa de sobre el mejor de los días.
Al séptimo día no descansó, sino que ocupó su día libre en visitar los pisos que él había buscado sin gran esfuerzo desde la habitación de la residencia.
El casero del primero tenía un aire a Gepetto, el padre de Pinocho, y les esperaba en la puerta de un edificio que parecía que se iba a caer en cualquier momento a las 9 de la mañana de un jueves extrañamente soleado de noviembre. Subieron los cinco pisos a pie. Él empezó a jadear en el tercer piso. Ella no lo hizo hasta el cuarto.
Un portón de madera les miraba desde el rincón más oscuro del rellano y cuando se abrió dejó ver un papel de pared de flores rosas que le encantó a ella, no tanto a él. Entrando, a la izquierda, estaba el cuarto de baño. Tenía una enorme bañera debajo de la ventana y el marco del espejo y las puertas de los armarios hacían juego como si se tratase de un baño pintado por Van Gogh. A la derecha aguardaba una cocina-comedor dividida por una barra junto a la que había dos taburetes: los únicos muebles que vestían aquella habitación. Al fondo, un balcón no muy amplio pero que al abrirse dejaba entrar tanta luz que iluminó las motas de polvo que flotaban en el aire. Del comedor surgía una escalera de madera que llevaba al segundo piso, compuesto únicamente por una habitación abuhardillada iluminada por un tragaluz. El somier, de matrimonio, no tenía patas, pues la escasa altura de la habitación no lo permitía. Al otro lado de la habitación, donde la altura del techo era mayor, había una estantería blanca, muy profunda, emulando a un armario sin puertas y en la moldura superior de ésta rezaba
«tout grand changement
commence avec un grand effort».
Entonces ella, completamente ajena a él, absorta en sus pensamientos, buscaba la parte más figurativa de esa frase. ¿Cuál de todos los que había hecho sería ese «gran esfuerzo»? ¿Dejar atrás todo lo que tenía en Madrid: sus amigos, su familia, su novio de toda la vida? ¿Rechazar la plaza que había obtenido, no sin gran esfuerzo, por fin, para comenzar Medicina? ¿Abandonar todas sus cosas en un trastero ajeno? ¿Cambiar su vida cuasiperfecta en Madrid por esa ciudad nueva, que escondía tantas cosas que probablemente ella no sería capaz de encontrar?
No dejó de pensar en esa frase hasta que estuvieron en la calle y él le dijo lo más importante sobre aquel piso, algo a lo que ella no había prestado atención hasta entonces: el precio.
Entonces comprendió que ese gran esfuerzo no era todo lo que había dejado atrás: era conseguir los 750€ que pedían por el piso más bonito que había visto jamás, más la fianza y las posteriores facturas, arreglos, comprar un sofá, estanterías, una mesa, varias sillas, una cafetera, platos, tazas, vasos, ollas y cazuelas, sartenes, un microondas y varias alfombras que vistiesen esa casa llegado diciembre.
En el siguiente piso que vieron la cama también estaba a ras de suelo, pero no tenía somier: ni con patas ni sin ellas. Estaba en el mismo comedor, pegada a un radiador y debajo de la ventana. La cocina, diminuta, tenía microondas y la ducha del cuarto de baño, aunque sucia, prometía dar cobijo a dos personas. Incluso había un felpudo en la entrada. El precio, muy inferior, podría ajustarse a su presupuesto pasando por alguna negociación poco lícita con un casero de aspecto mucho menos amable.
«Con un colchón nos basta...» tarareó él mientras firmaban el contrato.
miércoles, 28 de agosto de 2013
Rescatado
Nadie habla los miércoles
aunque hoy todo parece normal.
Los hombres del tejado trabajan
y ríen
y de vez en cuando corren abajo y se resguardan
como si el viento se los fuese a llevar a ellos
(como se ha llevado a otros)
y no a ti.
Tal vez ahora espere que seas el hombre de mi vida
-o, al menos, de mi noche-
como quien aguarda la resolución de una beca
(negativa)
o la mención de honor
(negativa)
o la llamada de borracho de la una de la madrugada
(negativa o peor: para otra).
aunque hoy todo parece normal.
Los hombres del tejado trabajan
y ríen
y de vez en cuando corren abajo y se resguardan
como si el viento se los fuese a llevar a ellos
(como se ha llevado a otros)
y no a ti.
Tal vez ahora espere que seas el hombre de mi vida
-o, al menos, de mi noche-
como quien aguarda la resolución de una beca
(negativa)
o la mención de honor
(negativa)
o la llamada de borracho de la una de la madrugada
(negativa o peor: para otra).
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