jueves, 31 de diciembre de 2015

El adiós

Vamos a ir despidiéndonos. Todo acaba, y no tiene sentido prolongarlo más. Cojámonos de la mano, inclinémonos y saludemos al público. Bañémonos en sus aplausos. Esta es la última función, hemos vuelto a darlo todo. Al mirar atrás veremos nuestro trabajo, nuestros progresos, nuestros triunfos y nuestros fracasos. Las caídas que salvamos y las que no. Las idas y venidas sobre las tablas y los nervios entre bambalinas. 

Al término del 2015 y sin poder dejar de evaluarlo, recordemos que al final todo ha salido bien. Salió bien el fin de carrera, Praga, el final de curso, Portugal, el verdadero fin de la carrera, el depósito, la defensa, el leísmo, los 22, París. Me dieron la "A" de filóloga y me quitaron miles de euros para seguir estudiando. Me quitaron la carpeta con todos los apuntes y me dieron... me dieron ganas de pegarme un tiro, pero lo superaremos. Habrá que relativizar. Me dieron la mano muy fuerte, muy fuerte la mayor parte del año, y seguirán dándomela el año que viene. Juntos caminamos a lo largo de muchos meses. Vi luchar a muchas mujeres a mi alrededor y el año que viene seguiremos luchando juntas, avanzando, yendo un poco más allá cada vez. 

En realidad, esta entrada tan sosa, tan pobre, no es solo para despedirme del 2015, sino también para despedirme de este espacio que, aunque ya estaba bastante muerto, necesitaba su sepultura y su adiós. Ha sido un bonito espacio en el que me he sentido bien mucho tiempo, pero del que ya es hora de despedirse, ahora que nos hacemos mayores.
Aun con todo, al final parece que todo acaba bien, o al menos mejor de lo que esperábamos cuando todo empezó.

Al terminar la función, entre aplausos, nos hemos cogido de la mano y hemos saludado, envolviéndonos en los aplausos y las sonrisas de los que nos miraban terminar. Cuando se han ido, hemos recogido todo. Esta era la última función. Dejamos abandonada parte de la escenografía y el atrezzo quedó olvidado en una bolsa, al fondo del armario, hasta la próxima temporada.

Julia

martes, 4 de agosto de 2015

El chico con el que me acuesto tiene una novia pelirroja.

La tiene desde hace tiempo, no es algo nuevo. Cuando le conocí no tardó en hablarme de ella. Cuando me agregó a sus contactos y me escribió por primera vez, en vez de una cara morena y con barba me asaltó un rostro pecoso, enmarcado en un precioso y lacio pelo naranja. Si hubiera sido castaña ni siquiera me habría llamado la atención, pero ahí estaba ella: mirándome con unos ojos de un color indescriptible desde una esquina de la pantalla mientras su novio me preguntaba si nos íbamos a ver en la Oasis.

Después de dos o tres cervezas, él me cogió de la cintura y me besó delante de mis amigos y de todos los fans de Standstill que allí había. Me pregunté qué sentido tenía estar pensando en ella si él no lo estaba haciendo. Le devolví el beso. Y después me separé de él sonriendo y mirándole a los ojos, que para nada eran tan bonitos como los de ella. Mientras yo pedía en la barra, su nariz jugaba con mi cuello y mi pelo y mi mano izquierda se introdujo en el bolsillo de sus vaqueros. Salimos de ahí dando tumbos, dos horas después, y tras buscar sin éxito alguna habitación de hotel, acabamos follando en un portal, intentando no hacer ruido. Después, él se fumó un porro y los dos nos reímos, también muy bajito, y volvimos a la Oasis a buscar mi chaqueta. Él se fue a casa, yo me quedé con mis amigos. Al día siguiente regresé a Madrid y de camino nos escribimos un par de mensajes cordiales, prometiéndonos volver a vernos en el próximo concierto que mereciera la pena.

La siguiente vez que fui a Zaragoza ni siquiera dormí en casa de Celia. Por la noche, me encontré con él en el Casco y ambos fingimos sorpresa, como si no supiésemos de sobra dónde buscarnos. Me fui sin despedirme de Celia y el resto del fin de semana lo pasamos en su casa follando. Esa casa desprendía femineidad desde que ponías un pie en ella y te asaltaba el olor a ambientador o a flores secas o a quién sabe qué fragancia. Por la mañana, mientras desayunábamos mirando los libros del salón le dije que era una casa muy bonita y él dijo que todo era gracias a Irene que tenía muy buen gusto y que a él lo que más le gustaba era el balcón y las plantas.

sábado, 4 de abril de 2015

La terraza.

Eran más de las doce del mediodía. Ella salió de la cama un poco antes que él. 

La noche anterior había hecho calor y cambiaron el sofá por unas cervezas y varias copas en un kiosko cercano a la casa de ella. Era 24 de abril, los bares cerraban más tarde y las terrazas volvían a tener sentido y ocupación. Con el estómago vacío, dos copas fueron suficientes para ella, que bebía y fumaba entre risas; tres para él, que intentaba apartar a los mosquitos que comenzaban a atacarle. 
El viernes era festivo. Los niños corrían entre las sillas de la terraza pasadas las doce de la noche y los padres, despreocupados, combinaban el gintonic y la chaqueta de punto. Nadie reparó en ellos, sentados en la mesa menos iluminada y en como los pies de ella, libres ya de las primeras sandalias, se apoyaban sobre las piernas de él y dejaban a la altura de sus ojos unas rodillas blancas y lisas, a excepción de una pequeña cicatriz en la izquierda. De vez en cuando sus piernas se estiraban y los pies le hacían cosquillas debajo de la camiseta blanca y dejaban a la vista, debajo de su falda, unas braguitas azul oscuro.
Cuando regresaron a su casa, la de ella, se persiguieron corriendo por las aceras ya vacías y se encontraban en portales ajenos para besarse apoyados contra la pared. Al entrar en su portal, los pies pasaron a ser manos debajo de la camiseta, ahora de ella, y los besos se convirtieron en mordiscos, y los dedos jugaban con elásticos azul oscuro y botones y cremalleras que se abrían al cruzar la puerta de casa.

Eran las doce y media cuando ella salió de la ducha. 

Encendió la radio de la cocina y cerró la puerta para no despertarle. Rodeada de platos sucios, tarareaba en voz baja una canción en inglés que había oído mil veces en el coche de él y que no le gustaba pero a la que se había acostumbrado, como al otro lado de la cama cuando perdía la guerra por el lado que ambos querían y al pan blanco en las comidas y a tener siempre dos cervezas en la nevera. Mientras la comida, para dos, crepitaba en el fuego, recogió los restos del día anterior y fregó los platos. Cuando terminó, un brazo le rodeó por la cintura antes de que pudiera darse la vuelta, otra mano le alcanzó un trapo y una boca le susurró al oído "qué bien huele" para después darle un beso en la boca y llevarla por los aires de vuelta la cama, todavía deshecha.

Era la una y veinte cuando ellos volvieron a la cama.

lunes, 16 de marzo de 2015

La sirena.



Deja que te diga, nena, 
que lo nuestro no es equitativo, 
todas las noches que estoy contigo
tú eres quien come, yo soy comido. 


Despertó en una cama desconocida en la más profunda oscuridad. Alguien no ajeno a ella se levantó de su lado y sin palpar los muebles abrió la hoja de la ventana. Ella siguió haciéndose la dormida mientras el sol quemaba ahora cada centímetro de su piel y luchaba por traspasar sus párpados. El hombre, silencioso, se puso unos pantalones y cogiendo la sábana del suelo cubrió el cuerpo desnudo de ella, que seguía boca abajo, fingidamente dormida. 

Alguien llamó a la puerta y ella hizo un esfuerzo por no sobresaltarse y verse obligada a salir de aquella cama. Él la abrió y murmuró un leve "no hagas ruido, tú". Alguien entró en la habitación, y al recoger aquello que venía a buscar, aprovechó para situarse al lado de ella e intentar verle la cara. Ella abrió los ojos por un segundo, deseando fusionarse con las sábanas y desaparecer para siempre de esa cama y de esa habitación con demasiada luz, pero no consiguió reconocer a la figura que, de pie, la miraba con interés. La mano del segundo desconocido tocó la sábana que la cubría. "Eh, déjala", dijo el otro. "Parece una sirena", murmuró. "Sí, Ariel, no te jode. Vete, hostia". 

Ella decidió revolverse entre las sábanas y en su movimiento, poniéndose de lado, se tapó la cara con el antebrazo, como si el sol realmente la molestase o como si en sueños hubiese adquirido una renovada vergüenza. Se preguntó cuántas horas podría permanecer quieta, en la misma postura, si se lo proponía. No tenía ninguna prisa por salir de esa cama porque no le apasionaba la idea de enfrentarse a la realidad y de mirar de frente esos ojos que anoche solo miraba desde arriba.

El hombre se encendió un cigarro junto a la ventana entreabierta y desde fuera de la habitación llegaban los sonidos de la vida doméstica, de platos y cubiertos que chocaban, puertas que se habían y cerraban y electrodomésticos que convivían con la cotidianidad de los habitantes de aquella casa. "A ver qué hago yo ahora con esta" murmuró él. Y ella se encogió de hombros con fingido deje onírico.

lunes, 23 de febrero de 2015

Mis sábanas moradas tenían manchas que parecían constelaciones.

Mis sábanas moradas tenían manchas que parecían constelaciones.


Me gustaban esas manchas que no salían en la lavadora, me recordaban las noches que pasé acompañada, y esos finos puntitos blancos distaban mucho de la horrible mancha amorfa que suele dejar el descuido, tal vez porque si algo caracterizaba esa vía láctea es que era fruto del más absoluto interés en su proceso, de una entrega total, de un desvivir por crear esa galaxia sobre mis sábanas o sobre mi vientre.

El jueves por la tarde hacía sol y aire. Tendí las sábanas balcón abajo, saltándome la normativa municipal, el sentido común y la ley no escrita de no dejarlas tendidas toda la noche. Me quedé dormida en el sofá, viendo cómo el viento las agitaba y cómo se movían mis sábanas siendo casi un maremoto de olas moradas.

El sábado por la tarde seguía haciendo aire pero ya no hacía sol y la sobrexcitación de la espera me recordó la existencia de mis sábanas, tendidas, frías y secas. Cuando salí al balcón, la sábanas ya no estaban. Tampoco en la calle ni en el portal, ni quedaba un solo rastro de ellas y de las constelaciones que albergaban.

jueves, 5 de febrero de 2015

El término.

Hoy me he levantado y no tenía ganas de salir de la cama. Durante unos segundos, he confiado en que me volvería a dormir y que las horas pasarían ahí fuera sin esfuerzo, sin que me diese cuenta. Poco después he recordado que tenía que tomarme el antibiótico y recoger la ropa tendida si no se la había llevado el cierzo. Así que he salido de la cama y me he puesto calcetines gordos y he contemplado como mi salón, antes nuestro, era el reino del caos y el desorden. 

He recordado, además, que además este es el último día de las vacaciones que me obligaron a tomar y que todos mi planes se reducen a estar en casa, a recoger, a preparar el mañana, a esperar ese viernes con sabor a lunes y a desear, una vez más, no tener, no querer salir de casa.

Me duele la cabeza. Creo que es por las pastillas nuevas, que me sientan mal, que hacen que mi sangre circule más despacio y que sonría constantemente y no llore tan a menudo. Las cosas parecen más ligeras, más sencillas ahora. Los pasos en el piso de arriba no suenan tan fuertes y cuando duermo no tengo pesadillas: solo sueños extraños, parodias de lo que ha pasado, con escenarios nevados o playas desiertas o habitaciones con papel de flores en las paredes.

No sé si estoy tomando antidepresivos o la pastilla del cliché. Mi cabeza vive en una comedia romántica pero nadie sonríe cuando llego a casa, me quito los tacones, dejo el bolso en el suelo y me meto desnuda en la cama.

Las cortinas se mueven aunque las ventanas estén cerradas. Se oye silbar el aire y siento pena de los que están ahí fuera, sujetando con fuerza los papeles y apartándose el pelo de la cara. Mañana seré una de ellos, una más entre la gente que luche contra el cierzo y, después de mi cita médica de los viernes, despeinada, entraré en la oficina y les daré los buenos días a todos, sonriendo, pletórica, como si no llevase meses fuera, como si tú no te hubieras ido para no volver hace ya tres meses y once días, en una bonita y soleada mañana de septiembre, ladera abajo, hasta hacerte mil pedazos contra el suelo.


[Esta entrada concluye una serie, un relato que comencé hace tiempo. En su conjunto todavía no tiene título. Habla de las pérdidas, porque en este blog no sabemos hablar más que de perder, pero no deja de ser bonito. Recordad que es ficción. Que lo que me pasase de verdad no lo escribiría aquí. Lo pondría en twitter.]

- julia

jueves, 11 de diciembre de 2014

El comienzo.

Nunca nos dijimos ni una sola mentira. Cuando la conocí no le hablé de Marta, ni ella me preguntó si vivía con mis padres o compartía piso. Tampoco yo quise saber quién era el hombre que la abrazaba en la fotografía que tenía pegada en la parte interior de la puerta del armario. Ella jamás me llamó por teléfono, puede que ni siquiera tuviera mi número, pero tampoco me decía que no las veces que conseguía localizarla y quería verla. Marta pasaba muchas noches en casa de sus padres, sobre todo cuando su padre se puso enfermo y su madre dejó de poder atenderle. Esas noches, en torno a las ocho, yo telefoneaba a Diana y le preguntaba si podía ir a verla. Conforme se acercaba el final de la semana, ella contestaba cada vez menos al teléfono pero formaba parte de esa ley no escrita el no preguntarle dónde o con quién había estado la noche anterior. Las veces que, borracho, olvidaba telefonearla y rondaba su casa de madrugada, solía ver una figura, a veces dos, a veces más, a través de las cortinas del salón, pero ninguna hacía ademán de levantarse cuando llamaba insistentemente al timbre. Tampoco ella contestaba al teléfono cuando yo estaba en su casa y poco a poco descubrí en ella esa costumbre de correr las cortinas cuando alguien entraba en casa, fuera verano o invierno, ganando solo un ápice de intimidad con esos velos translúcidos. Nunca íbamos al cine, ni de viaje, ni haciamos planes para vernos fuera de las paredes de aquel apartamento. Solo a veces, un poco borrachos, hambrientos después del sexo, nos deslizábamos hasta un bar de su calle donde a ella parecían conocerla y yo no recibía la más mínima atención. Otras veces, las menos, ella me recibía envuelta en un delantal y con el pelo recogido, con la mesa puesta y comida un tanto extraña en los platos. A veces percibía un deje en su habla que me decía que había nacido lejos de esa ciudad, quién sabe si en otro país, pero nunca me habló de ello, ni de dónde estaba su familia, si es que tenía, ni cuánto hacía que vivía en aquella casa que parecía tan deshabitada como el primer día la última vez que estuve ahí, casi cuatro años después de nuestro primer encuentro. Nuestras conversaciones siempre giraban en torno a algo que ella había escuchado o leído y parecía requerir mi opinión sobre el tema como si confiase ciegamente en ella, como si esperarse ser instruida o guiada, pero tiempo después, repasando palabra por palabra todas las conversaciones que recordaba, me di cuenta de que ella tan solo buscaba una confirmación, un aval de aquellas tesis que ya había planteado, de los juicios que de sobra había hecho, y que las concesiones que me hacía en esos pueriles debates de cama no eran más que un ejercicio de modestia que ella me regalaba, igual que me encendía los cigarros como si yo fuera un niño chico o un adolescente que se fuera a quemar con las cerillas.
El tiempo parecía no pasar para ella. Su pelo castaño me pareció siempre igual de largo y con el mismo corte y puedo afirmar que durante aquellos años no engordó un gramo, ni cambiaron de forma sus caderas, ni pareció variar un milímetro la forma de la línea que se pintaba en los párpados.
Nunca me dijo a qué se dedicaba. Dentro del dormitorio había una puerta, similar a la de una despensa o un vestidor, eternamente cerrada. Justo al lado de la puerta, en la pared, una mesa abatible. Una de las primeras noches que pasé en su casa, confundí esa puerta con la de un cuarto de baño que no parecía propio del viejo apartamento. A tientas busqué la luz y al encenderla contemplé montones de libros y papeles, viejos la mayoría de ellos, rigurosamente ordenados. Ella regresó al dormitorio y me encontró absorto contemplando ese orden perfecto que llenaba las paredes de ese pequeño cuarto, no más grande que un ascensor. «Trabajo», me dijo, y eso fue todo lo que se habló del tema.

martes, 2 de diciembre de 2014

El camino transolvido.

Ya no son tus brazos los que me protegen de la lluvia sino que es tu piel tersa atravesada por mil varillas metálicas. Ya no me oculto bajo las sábanas junto a ti si puedo protegerme bajo tu piel tersa impermeable. No huelo tu pelo antes de ir a dormir porque con él llené las fundas de mis almohadones y ahora duermo realmente entre las nubes de tu pelo. Y sí, es mejor así. Con tus camisetas viejas de algodón bueno limpio la encimera después de hacer el café y con las nuevas froto los cristales cuando tengo invitados y quito el polvo de mi mesilla de noche cuando alguno de ellos se va a quedar a dormir. Descubrí que la mejor forma de calentar mi casa es quemar las cartas y los libros y ya nadie se pregunta qué fue de ti si ya imaginan que he reutilizado tu herencia y lo que quedó de tu presencia cuando decidiste irte...

martes, 25 de noviembre de 2014

Los deseos del lunes.

Quiero entender mi contrato de trabajo, el disco de Los Beatles que me falta, la edición anotada de Rayuela, una fuente inagotable de edulcorante y nada más.




Bueno.

Y que vuelvas.

Y que paseemos juntos por Ikea.

Hace tiempo que dejé de ser exigente.


viernes, 17 de octubre de 2014

Las fotos.

A veces miraba las fotos viejas, hechas todavía con una cámara analógica, las fotos de dos carretes enteros que reveló ella cuando todo había acabado.

Las hicieron con una cámara muy grande, prestada, y en casi ninguna aparecían juntos. Las que hizo ella salieron en su mayoría borrosas o desenfocadas, a contraluz o muy oscuras. Las que hizo él, con ella desprevenida, casi todo primeros planos, resultaban absurdas por tener ella un ojo más grande que otro y un par de mechones de pelo que siempre cruzaban su cara. Aun así, había un par aprovechables y cuatro o cinco que incluso eran bonitas y en las que salían guapos como dos bebés de cuatro meses o como dos gatitos en adopción. 

En una de las fotos, su favorita, aparecía él con los ojos entornados y la cabeza girada. No recordaba haberla hecho pero el edificio que él tenía detrás era sin duda el Palacio de Cristal, que encontraron cerrado cuando paseaban por el parque y empezó a llover. Ella se mojó los pies, de eso sí se acordaba, y de que cuando volvieron al hotel hicieron el amor en el balcón, mojándose, despreocupados y que al día siguiente el pelo les olía a lluvia pero no les importó porque fuera seguía lloviendo y ellos querían seguir jugando por Madrid.

Hicieron muchas fotos en la azotea del Círculo de Bellas Artes. El cielo estaba gris, a punto de estallar, y ellos hacían tiempo hasta que llegara la hora de volver a casa. Con la chaqueta abrochada y el pelo por la cara, ella fruncía el ceño mientras él le apuntaba con la cámara. 

viernes, 26 de septiembre de 2014



Mata más gente el tabaco que los aviones
y he perdido el miedo a volar.
Enciendo la faria de las grandes ocasiones
y en las nubes tengo un BMW
y una Play Station, tu foto y un par de postales:
sigue escribiendo donde quiera que tú estés.


jueves, 25 de septiembre de 2014

La mudanza.

Tengo las maletas hechas, los edredones en bolsas y un montón de cajas llenas de libros al lado de la puerta. Las paredes son ahora blancas y las postales y las láminas están listas para viajar. La despensa vacía y la nevera desenchufada, los platos envueltos en plástico de burbujas sobre la mesa verde de la cocina junto a los trapos limpios y los vasos apilados.


Todo está listo para que me vaya, las patas del somier plegadas y el colchón apoyado contra la pared. Solo tengo que quitarme el pijama, meterlo en la bolsa y esperar a que llegue el camión pero el único vestido que está fuera de la maleta tiene un tirante roto y no sé en qué caja están las agujas y el hilo. 



Hace ya dos semanas que empecé esta eterna mudanza. Vendí la tele y las dos camas pequeñas, tiré la ropa vieja e hice una lista de libros y los guardé en diferentes cajas según su autor. La ropa de invierno ya estaba guardada en cajas y conforme pasaban los días la casa se iba quedando vacía y yo cada vez era más consciente de que no ibas a volver, de que si me iba de esta casa se iba a perder mi rastro por si algún día querías encontrarme y que, entonces, ya no sabrías dónde buscarme, si es que alguna vez querías hacerlo. Quité las cortinas y mi nombre del buzón e hice todas las llamadas para que dieran de baja los contratos a mi nombre.



Ahora, estoy a punto de apagar las luces y cerrar la puerta con dos vueltas. Dejaré los dos juegos de llaves dentro del buzón y mañana, si te decidieses a volver a buscarme, solo encontrarías persianas bajadas y puertas cerradas, como en un día de lluvia cualquiera.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Yo he visto ocurrir milagros

Yo he visto ocurrir milagros. 

He visto como la gente volvía a sus viejas casas y cómo las cartas devueltas con su destinatario desconocido garabateado detrás llegaban a los buzones. 

Vi cómo las luces se encendían de pronto e iluminaban tu cara dormida sobre mi almohada y cómo te revolvías esperando impaciente que volvieran a apagarse.

El milagro de tu mano sobre la mía en una butaca de cine.

Observé cómo llegaba el invierno y cómo tú hacías un hueco en tu bolsillo para mi mano.

Vi el milagro de tu vuelta, de tu lo siento, de tu adiós una vez más. 

Contemplé impasible cómo callabas durante horas y, negando la evidencia, me decías adiós para siempre. 

No pensé que vería nunca el milagro de los libros saliendo de mi casa y llegué incluso a ver su vuelta y ahora las torres de libros desbordan las estanterías y el buzón de tu antigua casa rebosa cartas y postales...

viernes, 22 de agosto de 2014

Crónica de la retirada.

B me pide que escriba un poco cada día nuestra historia de fracasos y que poco a poco la vaya haciendo mía, solo mía, y así toque fondo y, desde el fondo, me impulse a la superficie y pueda nadar hasta la orilla. La caja de zapatos donde guardo esas cartas que nunca te envío no es tan grande como la que guarda los restos que dejaste en esta casa: el cepillo de dientes, tu camiseta, la primera parte de El Quijote. Pero a veces la caja desborda y aflora el recuerdo de tus rizos negros sobre la almohada y la tripa clara y los besos que sabían a enfermad y un sinfín de cosas más.

Este septiembre no volverán las cosas que siempre volvían con el otoño. El frío llegará con las manos en los bolsillos y no habrá guantes que las resguarden del frío. Tristemente, las hojas de los árboles caducos caerán y las de la agenda pasarán intactas, sin escribir en ellas "20h, banco de siempre". La salida de yoga quedará en el olvido junto a Delicias y sus fiestas, y pasarán las horas bajo las sábanas sin pies, ni manos frías, ni espaldas mojadas, ni labios secos, ni hígados enfermos.

Los fantasmas sí volarán lejos y dejarán de dar miedo lejos de la Selva Negra que era tu cabello. Los edificios viejos ya no guardarán secretos en sus baños de la última planta y la ausencia de respuestas, con el otoño, dejará de causar rabia, tristeza, angustia...

lunes, 28 de julio de 2014

La mujer loca

"Llegó a las inmediaciones del centro de trabajo diez minutos antes de la hora a la que el filólogo terminaba su turno. Pero aún tendría que lavarse un poco y cambiarse de ropa, quizá se entretuviera con algún compañero... Eran cerca de las nueve de la noche cuando Julia se situó en la zona del parquin exterior del centro comercial donde Roberto solía dejar su coche, que localizó enseguida. Dispuesta a darle una sorpresa, se escondió cuatro filas de automóviles situados detrás del suyo, desde donde pudiera verlo llegar sin que él apercibiera de su presencia hasta que él saliera al paso.
Entonces, como le había ocurrido tantas veces a lo largo de la vida, la realidad se comportó de un modo diferente al esperado, pues Roberto se manifestó con una mujer que parecía su mujer y con un niño que parecía su hijo, un conjunto familiar en fin al que Julia vio avanzar desde la puerta del centro comercial empujándose y gastándose bromas y riéndose como si se llevaran bien. Y dice que, claro, se quedó completamente descolocada, allí, detrás del otro coche, a unos siete u ocho metros del de Roberto, en el que se introdujo la familia feliz partiendo enseguida en dirección al mismo sábado por la noche en el que ella se quedaba abandonada. Un sábado noche, para decirlo todo, muy frío, de cuyo cielo caían virutas de nieve que se deshacían al contacto con los automóviles y que en el pelo de Julia, que se había rizado con unas tenazas eléctricas antes de salir, se convertían en gotas de agua que brillaban brevemente antes de desaparecer. «Te voy a matar», dijo entre dientes mientras abandonaba su escondrijo sin saber muy bien si se refería a Roberto o a su mujer, pero sin descartar tampoco al niño. Más tarde, en el metro triste de las postrimetrías del sábado se preguntó, sin hallar respuesta, qué decía de sí misma la frase «te voy a matar». Que soy intransitiva, por ejemplo, respondió la frase desde algún rincón de su cabeza.
(...)
En lugar de matar a Roberto, se acostó con él.
(...)
Millás lanzó una pregunta arriesgada:
- Me dijiste que ibas a matarlo, a Roberto, por lo de que estaba casado y tenía un niño.
- Y lo iba a matar, pero resulta que luego leí una cosa sobre el sentido figurado, que es una desviación del literal. ¿Conoces esa diferencia o te la tengo que explicar, je je, como lo del supletismo?
- El sentido literal y figurado no, sé lo que son.
- ¿Y tú entendiste que lo iba a matar en sentido literal? 
- Bueno, me pareció que lo decías en ese sentido.
- Yo también, je, je, pero luego tropecé con el sentido figurado y pensé que a lo mejor lo había dicho por decir. Vete a saber.
- ¿Y si no hubieras tropezado con esa lección lo habrías matado?
- Si lo decían las palabras...
- ¿Tú haces mucho caso a las palabras?
- Qué remedio, como mi padre a la pintura, solo que la pintura habla más claro, me parece
Millás piensa que desde el punto de vista de sus intereses habría sido mejor que Julia hubiera interpretado el «te voy a matar» en sentido literal" 
 
La mujer loca, Juan José Millás


Claro que el gran error de Julia fue acostarse con Roberto. No solo una vez, cuando todavía podía dudar de sus sentimientos, cuando todavía no sabía si Roberto era filólogo o tenía filología, o simplemente era un pescadero que alardeaba de conocimientos como tantos otros. El gran error de Julia fue acostarse con Roberto una y otra vez, dar ese recodo de sí misma a ese pequeño cabrón casado y con un hijo, con una filología, con una esposa y sobre todo con esa cara tan dura que tenía Roberto, que volvió loca a Julia y que afortunadamente Julia ya casi ha olvidado, fugándose con Serafín.



 
 
 
 

martes, 15 de julio de 2014

el post it

Dónde has ido tan deprisa. Poco tiempo te ha faltado para echar a correr dejando solo una nota. Sí, sé que el post-it siempre pega dos veces. Y aquí estoy ahora, donde tomamos el último café cuando yo parecía enferma y a ti aún te quedaba M en el cuerpo. Hasta estoy celosa de la que después comiese chicles contigo para quitarse ese sabor.  Aquí estoy y tú te has ido, sí, yo te lo pedí, lo sé, y ahora te lloro, te lloro mirando la silla en la que me senté sin saber qué esperar y encontré nada como encuentro ahora y espero, amor, espero que seas tú, te espero...

lunes, 7 de julio de 2014

Es vuestra

El dolor vuelve a ser demasiado y las noticias sobrevienen unas a otras. Cuando consigo olvidar, un amigo o una voz me recuerda qué fuimos aunque no se atreven a decir qué es lo que salió mal. Nadie apunta tan alto. Solo tú sigues trepando y cuando llegas arriba sus pirrnas me empujar a mí noche tras noche. Quizá no temo tanto verte a ti como temo verla a ella. A veces la lengua se desliza sobre la muela que sigue rota y afloran noches de lluvia y cartas y postales y engaños y excusas y cuando menos tú, si no puedo evitarlo. Qué hacer, qué hago. Ya no siento que deba cerrar nada, ya no arranco los puntos de sutura porque la herida ya no es mía.  Es vuestra.

sábado, 28 de junio de 2014

La maldición.

Hay algo que va mal porque noto un dolor aquí abajo, donde se esconde la pena, un dolor que me tira hacia abajo y me hace querer estar agachada, muy quietecita. Sé que algo va mal porque hoy te he soñado con la forma que solías tener antes y no puedo, no quiero pensar la forma que tendrás hoy que es día 28, hoy que tendríamos que estar juntos bajo el pórtico, levantándonos y arrodillándonos al ritmo de los demás. Hoy, amor, mi elefante, quisiera saber dónde te has ocultado todo este tiempo y quisiera que hubieses venido a buscarme. Hoy miro el vestido que sigue colgado en la percha rosa y que quién sabe cuándo tendré la oportunidad o el valor de ponerme, a qué celebración seré invitada que merezca la pena, cuándo llegará el momento de sacar el vestido coral de su funda y de recogerme el pelo, si es que llegará algún día.

He comprobado firmemente, sí, que existe la maldición del vestido. Que el anticipo en la compra pone fin a aquello que esté en marcha como si fuera un mal presagio o un mal augurio o el ojo opaco de un pescado. He comprobado, desde luego, que la frivolidad se extiende cada mañana que paso sola en esta cama e intento volver a dormir aunque sé que si duermo más voy a tener pesadillas y sueño que vuelves y me despierto sin saber qué es verdad y qué es sólo sueño y debo mirar la pizarra de detrás de la puerta para estar segura.