martes, 27 de marzo de 2012

Sal con una chica que no lee...


...Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee
conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

Extraído de Sal con una chica que no lee, de Charles Warnke
Gracias a SrtaPasion  por mostrármelo.

Disfrutad. Os veo en la biblioteca. O en el parque. O en el bus. Pero con un libro.
julia

sábado, 24 de marzo de 2012

Balcones.

En un balcón alguien tiende, en otro riegan las plantas. Encima de su cabeza oye el rumor de una conversación en un balcón que no alcanza a ver. Palabras, risas y el chasquido de un mechero. 
Y más abajo, una camiseta larga, calcetines cortos, piernas descubiertas. Una pinza en el pelo y restos del maquillaje de la noche anterior. Fuma apoyada en la barandilla del balcón mientras observa las flores muertas y se pregunta como ella sí sobrevivió al invierno. No como sus plantas, ni su amor, ni la ilusión de las primeras veces. Del primer todo.
Oye como se despierta y recoge su ropa del suelo. Y el ruido de la ventana. Y otro mechero que, luego, vuelve a la mesilla de noche.
Ella, silenciosa, sin decir una palabra, sin los buenos días que ya no son tan buenos, coge las zapatillas que anoche dejó en el comedor. Y huye. Cierra la puerta sin hacer ruido y ya en el rellano se pone las zapatillas. Apura el cigarro llegando al segundo piso. Tira la colilla en el primero. Y cuando llega a la calle, el aire le hiela las piernas, recordándole que, otra vez, no lleva pantalones. Y se encuentra como la dejó él, abrazada a una duda, en mitad de la calle y desnuda.


julia